"Los niños necesitan las respuestas correctas"
Este es el slogan de la propaganda de una empresa que ofrece servicios de Internet para promoverse.
La frase no deja de sorprenderme, me muevo en un sentido común que me indica que las respuestas correctas es lo menos que necesitan los niños en su proceso de educación, y que mucho más necesitan desarrollar la habilidad de hacer preguntas, lo que me parece que es la maravilla que podemos enseñar a través de Internet, que nos permite hacer todo tipo de preguntas y obtener no "la respuesta correcta", sino múltiples posibilidades de respuesta.
Me doy cuenta que el sentido común que busca "las respuestas correctas" es aún predominante, que marca nuestra educación, así fuimos formados, y eso condiciona nuestras conductas y prácticas sociales y laborales. En el colegio nos ponen buenas notas por dar la respuesta que el profesor conoce, y que asumimos como "la verdad", lo que nos quita el estímulo de buscar nuevas respuestas, desafiando las verdades que no nos son útiles.
Me viene a la memoria un libro publicado en 1965, "Los escandalosos amores de los filósofos" que me estimuló saber más de filosofía a través de las disparatadas, y llenas de humor, interpretaciones que daba. Hace poco me encontré con la versión en PDF y pude volver a disfrutarlo. Recomiendo su lectura con entusiasmo.
El autor al final del libro se pregunta qué hace un filosofo, "Bueno, ¿y entonces qué diferencia hay entre los filósofos y los que no lo son? (acá lo asimilamos a la persona que hace preguntas) y lo explica con el siguiente ejemplo
—Papito, ¿de dónde están colgadas las estrellas ?
—Las sostienen los ángeles, mijito.
—Papito, ¿por qué llueve?
—La lluvia la manda San Isidro, mijito.
—Papito, ¿por qué hay terremotos?
—Los terremotos son castigos de Dios, mijito.
—Papito, ¿por qué era revolucionario O’Higgins?
—Porque era patriota, mijito.
—Papito, ¿por qué es revolucionario Fidel Castro?
—Porque es un bellaco, mijito.
Los niñitos que tienen padres tan sabios satisfacen su curiosidad y nunca más se formulan tales preguntas. Esos niñitos jamás llegan a ser filósofos.
Otros niñitos, en cambio, reciben respuestas diferentes, como un mexicanito que salió a pasear con el papá y la mamá. Al niñito todo le llamaba la atención y todo lo preguntaba
—¿Qué es eso, papito? —No sé, mijito.
—¿Y eso otro, papito? —No sé, mijito.
La madre reprendió entonces al niño:
—Mijito, no moleste a su papito.
—No importa, mujer —dijo el padre—; deja que el niño se instruya.
Ese niñito quedó con la curiosidad insatisfecha, y con el tiempo, de tanto buscarle una respuesta a lo que quería saber, llegó a ser filósofo.
Con las respuestas que les damos a los niños estimulamos, o no, su amor por las preguntas








Muy bueno Raúl; lúcido tu argumento y creo que me haré el tiempo para leer el pdf que apuntaste.
He disfrutado y me he reído con algunos pasajes.
Gracias y muy de acuerdo